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jueves, 5 de mayo de 2011
A paso de tortuga (ed 1.3)
Ella diría que parece una tortuga. Siempre, no importa la forma de la nube, si no poseía semblanzas más obvias la comparaba con una tortuga. Una tortuga de frente, con la cola saliéndole por el lado. Una tortuga de perfil. Una tortuga de cerca. Siempre con sus tortugas, que lo menos que a mí me recuerdan son a nubes. Y por este cielo grisáceo, ¿qué tortuga pasaría? Si puede estar en el cielo, puede hacer lo que sea, seguramente. Podría irse a otro pedazo de cielo, uno más placentero. Pero me alegro que esté flotando sobre mí, aunque sea de pasada, la tortuga, o lo que sea.
Y después de todo me encuentro aquí, no sé donde exactamente, pero estoy aquí sin ella. Solo me acompaña Sánchez, y el no hace nada. Ni siquiera está hablando, y antenoche no se callaba la boca. Hacía frío y nos estábamos dividiendo una botella de vodka que recogimos en la taberna. Nos calentamos, pero el se puso a hablar más y yo me puse más belicoso. Nos dimos par de empujones y terminamos rodando por la acera, tirándonos puñetazos lo mejor que podíamos, a veces pegándole al cemento. Me rompió la nariz y la acera le rompió los nudillos. Yo, pues no soy el mejor peleando, pero le di dos o tres. Y ahora está aquí haciendo nada. Si en vez de Sánchez estuviera ella. Ella que tan ridículo me ponía. Nunca me hubiera puesto a mirar las nubes solo por mirarlas. Acá abajo hay mejores cosas que ver. Así la encontré a ella. Si hubiera estado mirando nubes quizás me hubiese pasado de largo, y nada sería igual.
La boca me sabe a café. Me sabe a uno en particular, pero no al de mi madre. Y aunque desconozco dónde estoy, dudo que estén colando café. Quizás Sánchez lo derramó en su pantalón o algo antes de sentarse al lado mío. Quizás por eso está atónito el idiota. Mi madre no hacía una buena taza de café. No porque no pudiera hacerlo, sino por falta de empeño. A veces el empeño da más resultado que la acción misma, como un simple roce de brazos, o el tocarle la mano a ella. Levantar el dedo del corazón levemente, temblando un poco, para alcanzar su meñique. Sus manos eran un refugio para las mías. Me refugiaban de las ansias de no poder sentirla cerca. Mi padre, en cambio, hacía un café exquisito. Su poca expresividad era solo un regulador a su fervor. En sus escasas palabras siempre había conocimientos cicatrizados, y en sus muchas acciones siempre entusiasmo. Cuando colaba el café la casa entera se lo disfrutaba. El aroma levantaba muertos o mataba vivos. Lograba entrar por alguno de los agujeros en mi cara y salir por el otro. Ahora mismo la boca me sabe a café. El café de mi padre, que sabía de tan solo ser olido.
Oigo petardos a lo lejos, quizás los niños están celebrando. Quizás encontraron la ristra en algún lado de la casa y sedujo a alguno de sus dedos a jugarse una ronda de la ruleta rusa. Recuerdo la feria en la bahía. No sé qué celebraban, pero lo que fuese no me importaba. Estaba allí por ella. Porque me estupidizaba. Mis amigos se paseaban por el área fingiendo saber a dónde iban, pero solo divagaban buscando alguna conversación lo suficientemente sencilla como para no sentirse ignorantes. O alguna chica fácil para no sentirse vulnerables. Yo caminaba como muerto. Me encantaba cuando me miraba. Me mataba, pues siendo más bajita que yo, bajaba su cabeza un poco, como si estuviese pidiendo misericordia. La abracé por primera vez, y le besé la oreja, quijada, mejilla y boca. Finalmente Sánchez, a falta de chica, encontró unos niños con quien conversar y unos petardos con los cuales sentirse soberano, y se puso a explotarlos al lado mío, como buscando fastidiarme. Pero no lo registré en el momento. Lo recuerdo ahora por el sonido de los malditos petardos, y por la mirada estúpida de Sánchez, que todavía no hace nada. Y por su ausencia.
Aunque estoy cercado por el eco de los gritos de la gente, solo me alarma la ausencia de su voz. Y ya que estoy sin ella, o al menos no la veo por ahora, recuerdo que la amo. No. Nos amamos. Llegamos a amarnos intensamente. Era una obsesión mutua. Mi sentido común desaparecía ante su presencia, algunas veces paseando por los rincones de mi mente, otras de sabática. Éramos una navaja afilada al cuello del otro. Nos estábamos matando. Nuestra vida individual se desmoronaba en derredor nuestro, y ni nos importaba. No existíamos, excepto para el otro. Y si no la tenía a mi lado desperdiciaba mi vida pensando en ella. Recordando nuestros momentos juntos. Imaginándome finales alternos, los cuales siempre concluían de la misma forma. No me escapaba de ella. No quería hacerlo. En su ausencia, sentía un frío ocupando mis entrañas, como si fuera a convertirme en un cadáver de adentro hacia afuera. Un témpano de hielo. Un estúpido congelado. Y el frío que siento ahora lo contrarresto con su memoria. Con la manera en que su pelo cobraba un aura dorado cuando el sol se escondía tras su cabeza. Con la hermosura de su imperfección. Con las cicatrices en su cuello.
No hay nada más que me caliente. El Sánchez ya me está airando con su inactividad, su parpadeo de idiota y su boca entreabierta. Solo me ahogo en la suavidad de su piel, su calor, su olor, el albergue que me brindaban. Siento calor en mis manos. Cierro mis dedos lentamente buscando encontrarme con los suyos. Siento algo, ¿su mano? Cierro mi puño y su ternura se desmorona en arena. Contemplo el cielo gris. Bajo mi mirada hacia el imbécil de Sánchez, vestido de crema con marrón pálido, y crema, y marrón. Bajo mi mirada más y me percato de que estamos vestidos iguales, excepto por el carmesí en mi vientre, el rosado de mis intestinos. En un instante sentí el olor a pólvora en mi boca, el frío en mis entrañas desnudas, el chasquido de las balas, la arena en mi puño. Sánchez mirándome, con su casco en el suelo, rifle en la falda y su quijada temblando del horror. Susurra, “gra-gra-granada”. Tomo nota mental y vuelvo a lo importante. A su mirada sabor a paz, su olor a flores desnudas. Ya se me aleja, y sonrío. Definitivamente es una tortuga
Ideales
Era de noche y estaba yo pelando un guineo para comermelo cuando decidi escribirles la historia. Cuento entonces sobre aquel lunes 10 de septiembre que recalca tanto sobre mi mente. El cielo estaba color rojo manzana, y corria yo biaccicleta de camino a mis aposentos. A mi alrededor solo habian casas, erase un pueblucho pobre y sucio, por donde pasaba todas las tardes y resultaba que ese dia habia fiesta. El camino estaba colmado de gente, habia musica, baile, y alcohol por todos lados. Yo, aborrecio que soy pero muy curioso, estacione mi bici junto a un poste, en el cual lei el papel que anticipaba tal evento como el "Famosisimo dia de don Celso". Los ninos corrian jugando tal vez a esconder, o algo, pero se veian muy felices. Yo caminaba entre la gente y observaba a todo el mundo, estudiaba sus acciones, y por supuesto, buscaba alguna chica con quien pasar el rato, hace tiempo que no tenia diversion ni con aquella. Entre toda la muchedumbre, ya habia encontrado algo, realmente curioso. Nos miramos y comenzamos a correr hasta chocar el uno con el otro. Era una guagua repleta de hombres que comenzaron a disparar y a establecer un perimetro. Igualmente en toda la periferia del pueblo, habian mas guaguas con mas hombres, con mas armas, y todos muy violentos en espera de algo. Yo habia corrido hacia la guagua para detenerla antes de que atropellaran a una ninita que se le habia quizas escapado de los brazos de sus padres y corria entre la gente por la fiesta. Los hombres vestian camisas crema y pantalones marron, botas y curiosamente con antifaces blancos. Gritaban y maltrataban a todo el mundo, yo, disimuladamente, me fui acercando a una calle sin salida, y con la nina entre mis brazos miraba que a lo lejos se acercaba un carro negro, cristales claros como una pecera, y adentro una mujer, mi mujer. Doctora en Artes, escritora de varios libros sobre ideales raros, cosa que yo no leia, parecia que de ella los ideales se habian apoderado, de manera muy negativa, y que de manera muy positiva, habia adquirido muchos seguidores. Todo esto fue mi pensar rapido claro, hasta que se bajo del auto, y desde un helicoptero se desplazaba el hombre, aquel maldito profesor aleman de su universidad. Entonces todo estaba claro, por algo estudiaba tanto la cabrona. El azote de rabia y celo me agobiaba desde adentro, pero sentia algun tipo de necesidad de proteger la nina, que tras los gritos y el apreton que le habia dado al encontrar a mi esposa recien terrorista e infiel en este gran evento. Yo, durante todo esto, tambien pensaba donde estaba la defensa del pueblo, la gran policia maldita? Como no era de imaginarse, habia mucho, pero que mucho dinero envuelto, y la defensa entonces era para ellos, los malditos pro-restructuralismo social. Entonces se comienzan a escuchar tiros, empezo una exterminacion en masa de la gentea fuerza de disparos. Algunas personas se levantaron en contra con machetes, palos de escoba, algunos senores con sus calibre .9mm, pero todos fueron asesinados. Yo ya me encontraba corriendo, huyendo de tal aberracion, con lagrimas en mis ojos de furia y desilucion que me cargaban de adrenalina. La sangre salpicaba por tu cara, los gritos salpicaban por tus oidos aturdiendote y llenandote de desesperacion y desorientandote. Con la nina en mis brazos recorri varias casas, entraba y salia como si estuviera de pasadia, brincaba entre balcones, y no ayudaba a nadie, no habia tiempo para perder. Ya mucha gente se habia muerto, o desplazado a esconderse, y los hombres uniformados entonces se dedicaban a buscar a todo sobreviviente, su plan, no dejar a nadie vivo. Mientras corria, recordaba los besos de ella, sus caricias, los momentos en que le decia que la amaba, y ella, sentada en su escritorio levantaba sus hermosos ojos a mirarme, y me desilucionaba como rapido solo comenzaba a hablarme de sus malditos libros y aquellas cosas, que no sabia que joderian tanto en algun momento. Lloroso, decidi virar. Gritaba su nombre para no levantar sospechas entre los hombres ellos, por alguna razon, no me disparaban. Al ella reconocer que alguien le llamaba, la intriga le hizo buscar, entre los cuerpos, nos encontramos, ella y yo, sus ojos paralizados ante los mios, yo con la mirada entrecortada y arresmillada, los ojos llenos de lagrimas que corrian por mis mejillas como en carrera, y con la nina fuertemente apretada entre mis brazos como si fuera mi hija, le dije: "Angela, esto era lo que tanto me decias y yo por estar envuelto en mis cosas te ignoraba". "Sabes que has hecho?", le pregunte a gritos. Ella me contesto con una voz de enojo: "Si.....te soy infiel desde siempre, en la relacion y en los ideales. Cree lo que tu quieras Santiago, yo se lo que hago. Hago que el mundo me escuche, hago que el mundo me conozca, hago que el mundo se re-estructure socialmente, y para eso necesitan renacer." Entonces le di la espalda, busque la bicicleta y me fui. A ella no le importaba matarme a mi, ya lo habia hecho, pero entonces me pidio la nina, cosa a la que rapido le conteste que no y doble en la esquina. De camino, el cielo estaba negro, y de llegada a mi casa, tome el carro y desapareci de aquel lugar solo con ella, con Victoria, lo unico que me quedaba, y yo lo unico que le quedaba. Para entonces tenia 3 anitos, fue mi razon de salir de ahi y vivir. Han pasado 18 anos de eso. Nunca supe nada de ese pueblo. Solo que sus libros se publicaron y que Victoria estudia literatura y le encanta leer y apasionarse con ideales.........
Hoy
Sólo recuerdo que el clima estaba ridículamente frío. El cielo se tornaba cada vez más borroso, sentía una increíble presión sobre mi pecho, y no recuerdo más. Fue hasta seis semanas después que un marinero me rescató en su pequeña embarcación. Todo sucedió como si estuviese planeado. Yo flotaba congelado sobre las mansas aguas del Pacífico. El marinero acercó su embarcación a mí. Me recogió entre sus brazos, me subió a las tablas de madera maltratada y de alguna manera logró revivirme. No sé de dónde sacó las fuerzas para levantar mi fétido cuerpo, morado y extremadamente pesado. Pero lo logró. Me miraba detenidamente y susurraba.
-Descansa hijo, descansa.
No podía moverme, no podía hablar, no podía respirar; ni siquiera podía pensar. Pero él estaba ahí. No necesitaba vivir si lo tenía a él, ni él si me tenía a mí. Éramos ese tipo de fuerzas opuestas que no pueden subsistir en el mismo lugar. Lo sentía. Sentía la repulsión, a pesar de que me colocó cerca de sí. Ambos éramos especiales. Al menos eso yo sentía. Era demasiado para mí, así que decidí hacerle caso. Descansé.
No fue hasta la mañana del día siguiente, mientras una luz insistente me golpeaba la cara y calentaba mi rostro, que desperté. Mi cuello aún permanecía estático e inservible. Sentía mi torso adherido a mi cabeza, pero nada más; mis extremidades eran fantasmas vagando alrededor de mi cuerpo. Estaba amarrado de pie, con cadenas, a una superficie metálica y redonda. Cuando finalmente pude abrir mis ojos, vi de frente una figura pálida, senil y gastada, al igual que la embarcación que me rescató. Vestía de gala, con corbata rosada y zapatos de charol. Su cabello era negro, muy negro. Sus cejas arqueaban en gesto de niño travieso, sus párpados caían sobre sus ojos negros, muy negros. Sus manos, momificadas, se acercaron a mi rostro. Con sus largas uñas de cóndor rozó mis sienes. Se acercó a mí, y como amante apasionado me besó. Sus labios resecos dejaron un mal sabor en los míos.
- Alguna vez, joven, fui igual de bello que usted. Fui famoso. Incluso me conocen en estos tiempos. Han escrito libros sobre mí. Han filmado películas sobre mí. Toda la historia un tanto exagerada, claro, pero muchas cosas son ciertas - me hablaba muy de cerca, en un tono muy bajo -. Somos criaturas muy sexuales, por eso nuestra relación con la noche. Recuerdo, en mis tiempos, solíamos hacer festivales al gran Dionisio; festivales corporales. La sangre corría entre los bloques de marmol, y todos nos entregábamos a todos. Increíble. Ahora, todos son tan aburridos, sumisos e inactivos. Pero yo te propongo - me hablaba mientras lamía mi cara -: únete a mí. Seamos uno. No te arrepentirás... Te lo prometo.
Entonces comenzó a razgar mis polvorientas vestimentas. Mordía mi cuello mientras arañaba mis muslos. Mis brazos lo envolvieron, apretándolo cada vez más. Entonces su lengua se apoderó de mis sentidos. Vibraba mi cuerpo de lujuria. Mi cuerpo se calentaba aceleradamente. Miré al cielo y vi... vi la luz. Entonces las cadenas cayeron por sí solas. Nunca me había sentido igual: fuerte, apuesto, viril. La fuerza era mía, la vida era mía. Mi cuerpo era otro y el mismo. La vida regresó a mí.
Caminé hasta el balcón, lamí el resto de sangre en mis dedos. Sacudí los vellos sobre el pantalón. Sonreí a la luna que se negaba a esconderse y le mostré mi dedo cordial al sol.
- Hoy - sonreí -. Hoy...
Salvajes
por Alberto Pagán
Sin pena alguna, Melina observaba al desquiciado taxista utilizar un pañuelo viejo para secar el borde del parabrisas. Mordía un cigarrillo barato mientras murmuraba maldiciones vestidas de humo. Ella sonreía con algo de cinismo, disfrutando del pequeño espectáculo. Bajó su mirada y notó que sus piernas lucían bien con el traje negro que se puso por segunda vez. Se las acarició. Estaban tan suaves como un suspiro y tan finas que cortaban. Sonrió abiertamente. A ver con qué pensamiento me entretiene el filósofo hoy, pensó. ¡Malditos!, exclamó el taxista al caérsele el paño ensopado al nicho inaccesible entre el asiento de conductor y la puerta. ¡Malditos!, y frenó súbitamente. Aquí es, casi me paso. Son once.
-Sólo tengo un diez, mintió Melina... y me percaté cuando tomó la ruta larga.
Dame los diez, remató el taxista, luego de chupar el cigarrillo como si en el fondo estuviera el secreto a la sabiduría.
Al salir del auto, se ajustó el traje, retocó sus labios y entró al establecimiento. Inicialmente pensó que estaba soplada. Luego entendió que la mayoría de los convidados sufría de alguna incapacidad que le dificultaba severamente el buen vestir. Sonrió y se mezcló entre la gente. Le tenían un asiento reservado. Justo lo que imaginó. Trepaz observaba cada movimiento, disimulando su recién nacida obsesión con sus piernas al mirarle con torpeza los ojos ocasionalmente. Ella aún le llamaba por su apellido, pero le besó la mejilla al saludarlo. Todavía no estaba enamorada, pero no podía negar el efecto que tenían su mirada y su barbilla hendida en su temperatura corporal. Trepaz siempre tenía alguna frase aguda para hacerle sangrar el intelecto y comenzar una conversación que la hechizara durante la noche. Pero hoy sus filosofías fueron opacadas por los gritos de su deseo bestial por tocarle las piernas. Formuló un ¿qué tal, Melina? y la aburrió al instante.
Luego de intercambiar varias frases que se evaporaron antes de significar algo, entró Ignacio Fermín, el nuevo profesor de física. Su altura y la firmeza de sus nalgas la entretuvieron por unos instantes, antes de llamarlo a que hiciera un trío del patético dúo. Sonrió, asintió en agradecimiento, y se unió a la mesa. Su sentido del humor salvó la imaginación de Melina del suicidio, y en breves instantes ya se echaban carcajadas. Y no tenían ni un trago encima.
Seducida por la idea de hacer de la noche una sorprendentemente fantástica, Melina se levantó de la mesa, y se dirigió al tragamonedas para ver si el físico le ganaba al filósofo en sacarla a bailar. Habían estado hablando acerca de sus primeros años en la universidad. La conversación luego se concentró entre los hombres, al descubrirse que asistieron a la misma institución durante el mismo período de tiempo. Una universidad asentada en un monte. Un Olimpo de conocimiento. Fermín frecuentaba los niveles altos del relieve del recinto. Su facultad se encontraba un nivel abajo, pero la vista desde arriba le era irresistible, y mientras más lejos estuviera de los malditos tirapiedras, mejor.
Yo era un tirapiedra, afirmó sonriendo Trepaz.
-¿Eres de los salvajes entonces? Vela que no pierdas tu empleo por alteración a la paz mental de tus estudiantes, replicó Fermín.
Era... era. Ya no, jeje... ya no. Trepaz tragó varios sorbos. Y lo de salvajes me ofende, aunque bien lo merezco.
-Son unos salvajes, unos malditos.
Melina notó cómo los semblantes joviales de sus acompañantes se iban apaciguando sutilmente. Parece que el filósofo encontró lo suyo... pobre Fermín, pensó. Se acercó nuevamente a la mesa y escuchó cómo se desvanecía la canción por la cual pagó, mientras permanecía sin tener con quién mover su cuerpo rítmicamente. Sus esperanzas de un baile huyeron ante la conversación, la cual se atesaba. Alguno de los dos había escupido una bomba mientras ella intentaba comprar un baile, y podía estallar en cualquier momento.
Son unos salvajes, unos malditos. Ambos permanecieron callados. El semblante de Trepaz se permeaba lentamente de sangre, a dos comentarios de perder su compostura. Entretanto, Fermín recordó el día. Recordó haberse estado riendo, de pie en el nivel superior del recinto. Recordó un sonido distante. Recordó las caras de sus compañeros, sus miradas petrificadas. Recordó el calentón en su espalda baja, su coxis ardiendo en llamas. Recordó cuando la sangre adhirió su camisa a su cuerpo. Cuando se giró devolviendo las miradas de todos. Cuando se desplomó.
Recordó a sus compañeros, cual buenos samaritanos, montándolo en un pequeño vehículo por falta de ambulancia. Recordó un hospital que le dio la espalda por confundirlo con un estudiante extremista revoltoso. Recordó gritos, cóleras, maldiciones, y finalmente clemencia divina por parte de un cirujano de la Sala de Urgencias.
Recordó despertarse horas después. Sus compañeros explicándole cómo un tirapiedra, el pan de cada día, había lanzado un peñón al parabrisas de un taxista. Cómo el taxista salió del auto airado, sacó un revólver, y disparó al cielo, advirtiendo a los enmascarados a que corrieran de nuevo a sus cuevas o salones. Cómo la bala perdida encontró refugio en su fuerte espalda caliente. Cómo los tirapiedras impidieron la entrada de la ambulancia al recinto. Por sus ideales. Por su libertad. Cómo todavía, cuando se golpea el codo, siente electricidad en sus piernas. Cómo sus nervios descubrieron la desobediencia.
Pero Trepaz no sabe nada. Y está incómodo. Y quizás le dañe la noche a Melina, la profesora de literatura con los ojos hermosos. Con esto en mente, Fermín decidió explicar sus comentarios tajantes. Por evitar un mal rato. Por no ser grosero. Decidió comenzar con el relato que más detestaba en el mundo. Interrumpió los doce segundos de silencio.
Discúlpame, Trepaz. Permíteme explicarme.
Trepaz levantó su mirada de las piernas de Melina, con las cuales intentaba apaciguarse.
¿Recuerdas un día en que los tirapiedras rompieron el parabrisas de un taxi?, continuó Fermín.
Trepaz sonrió, y se sonrojó. Su mirada al vacío de la nostalgia. Sí recuerdo... jeje... ¿cómo olvidar?... Yo fui el salvaje que lanzó el peñón.
Melina observó cómo las manos de Fermín comenzaron a temblar, y la canción ya se estaba acabando.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Almorzando
Habichuelas con arroz enpelotao
Pollo bien cocinao
Aunque a veces esta salao
En la fila me metí de colao
Espero que nadie me haya visto
Voy de camino
Completamente listo
Pa pagar e irme por mi camino
Me siento almorzar
Y me pongo hablar
Mientras me pongo a escuchar
Música que te pone a pensar
Con estas letras le informo al lector
Lo divertido que es almorzar con este escritor
En su universidad
Una que lucha por su derecho a libertad
Romeo & Julieta Trae Risas y Bailes, Pero No Son Suficientes
El pasado jueves 28 de
abril fui a ver junto a mi novia la adaptación de Romeo & Julieta por el Taller
Teatral de la Escuela Inés María Mendoza de Cabo Rojo en el Teatro Machuchal de
Sabana Grande. Nunca había visto la clásica obra en vivo, pues solo la había
visto en adaptaciones fílmicas, y pues no sabía que había de esperar, pero
luego de verla debo decir que salí de la sala un poco decepcionado.
Muchos ya saben la historia de esta pieza, pero les
voy a refrescar la mente. La obra nos cuenta la clásica historia de dos jóvenes
que se enamoran en medio de una guerra de sus familias. Su amor eventualmente
termina en tragedia cuando Romeo se suicida al ver a su amada muerta, quien de
verdad solo la simulaba, y luego cuando esta se despierta decide suicidarse
junto a él.
La actuación en la obra
fue magnífica todo el elenco hizo su parte bien y solo bien. Algunos miembros
del grupo no tenían gracia, algunos diálogos fueron interpretados vagamente lo
que hacían la obra un poco aburrida y los momentos de pelea fueron un poco
graciosos. No quiero ser morboso ni cruel, pero en las escenas de batalla me
imaginaba a los personajes peleando al estilo de Mortal Kombat solo para
poder entretenerme más.
La escenografía era
otro aspecto que me saco un poco de limbo. Se veía un poco pobre y aburrido,
por lo tanto me tenía desinteresado. De verdad pienso que se podía haber hecho
algo más creativo y entretenido. Tal vez lo que más me gusto de la obra fueron
los miembros de la familia de Romeo quienes algunos eran bastante graciosos y
de la familia de Julieta la Ama era cómica. No me mal interpreten la obra tuvo
sus cosas buenas, pero de verdad que hay muchas más cosas malas que buenas. Por
lo tanto le daré a la producción dos estrellas y media por que, a pesar de que
fue un poco aburrida, me entretuvo y me hizo reír.
Rating: 2.5 estrellas de 5.
Disco & Funk!: La adaptación de The Wiz te pondrá a gozar
El pasado martes 26 de
abril abrió en la sala del Teatro Sol de San Germán la adaptación teatral de la
película The Wiz por el Taller Teatral y Musical de la Escuela Superior
Lola Rodríguez de Tio. La obra consiste con dirección general por parte de la
profesora Giselda Collado; dirección musical por el profesor Javier Flores;
actuaciones principales por Fiarah Carau como Dorothy; Christian Colon como el Espantapájaros;
Jean C. Martínez como el Hombre de Hojalata; Isaac Lugo como el León; Génesis
Lugo como la Malvada Bruja del Oeste y Félix Negrón como el Mago de Oz; y
coreografía por la profesora Johanny Vega, y los señores Emmanuel Vélez y Harry
Ocasio.
La dirección,
producción, actuación y coreografía en este musical fueron sumamente
espectaculares, pero la escenografía no se queda atrás. El país de Oz junto con
la Ciudad Esmeralda, Kansas y el castillo de la Malvada Bruja fueron magníficos,
pero la vestimenta tampoco se queda atrás. Todo el vestuario de esta pieza es
algo que caracterizó a este musical bastante; los trajes de todos los
personajes, especialmente los del León, los Nomos y los ciudadanos de la Ciudad
Esmeralda, fueron grandiosos. En el departamento de actuación todo el elenco
fue bueno, pero solo algunos sobresalieron. Estos fueron Fiarah Carau,
Christian Colon, Kimberly Collado (quien interpreto a la Sra. Uno), Jean C.
Martínez, Isaac Lugo, Génesis Lugo y los Monos quienes fueron interpretados por
Cristian Levi Vázquez, Edwin Ramos, René Vázquez y Edwin Ríos.
La obra fue sumamente
entretenida, pero hubo varios problemas que fueron notables. El primer fallo
que voy a mencionar es el del tornado. El primer baile del musical conllevaba
que durante el mismo se movieran partes de la escenografía lo que le fue un
poco difícil a los muchachos. El segundo que cabe mencionar es lo dificultoso
que se les hizo a los Guardianes Carlos Ribot y Ángel Santiago traer al
escenario al Mago ya que era una gran pieza que tomaba mucho espacio en la tarima.
El ultimo y probablemente más notable fallo que hubo a través de la obra fue el
tratar de que las voces entre los actores y el coro se escucharan a la misma
vez, pero esto es un poco perdonable ya que no es nada fácil que esto caiga en
tiempo y mucho más cuando no lo has hecho anteriormente. En fin la obra fue
espectacular y sumamente entretenida. Todo fue grandioso y los fallos no fueron
casi notables, haciendo que la obra siguiera en tono a través de todo el acto.
Rating: 4.5 estrellas de 5.